Más allá de la mera alusión a la festividad cristiana o a la aparición o visión –según se mire– de divinidades, esta palabra tiene una acepción que puede resultar mucho más cercana.
Esta acepción a la que me refiero la asocio particularmente a James Joyce, escritor irlandés –y habrá quien suspire entre risas pensando que allá voy yo con el monotema–. Joyce usaba esto de "epifanías" con frecuencia al referirse a sus Dubliners. Aunque en mi opinión, ahí Joyce da una interpretación un poco lúgubre ya que suele acompañar las revelaciones particulares de cada uno de los personajes con una “emotional paralysis –of the Dubliner–”, para que así acaben anclados a su entorno y a sí mismos –que es uno de los puntos clave de la colección de relatos; sin embargo ese es otro tema, y deberá ser desarrollado en otro momento–. Teniendo esto en cuenta, retomemos la concepción de epifanía que tenía Joyce: creía que la literatura, el arte debía de ser creado en un momento comparable al éxtasis místico –un poco incoherente, en cierto modo, si tenemos en cuenta que él se tiraba ocho horas para
"ordenar" sus frases–.
Ahora llevemos el concepto fuera del campo artístico, y visualicemos ese momento, cuando tus movimientos se vuelven imperceptiblemente más lentos y tu pensamiento casi se detiene: acabamos de advertir algo; algún aspecto de la realidad acaba de ser percibido de manera diferente, una intuición repentina. Muy Descartes ahora que lo pienso, aun así me permitiré esa similitud ya que, realmente, sin ningún nexo lógico, de súbito, hemos llegado a saber algo. Una experiencia mística propia: una epifanía propia.
¿Quién no ha paladeado alguna vez un miedo, dolor o regocijo supremo al comprender, descubrir finalmente algo sobre sí mismo? ¿Acaso nunca habéis levantado esa mirada segura, por fin, justo tras comprender qué es lo que se debe hacer, qué es lo que se puede hacer? ¿Nunca habéis entendido sin consecución lógica ni motivos razonables cuál es el límite?
Somos una generación que se mueve por epifanías, que se agarra con fuerza a la intuición incompresible humana y que a la vez reniega de todo lo que no se sostente en la razón. Esta es nuestra paradoja culminante, tal vez nos hunda en el relativismo aún más, tal vez nos salve por confiar en nosotros mismos.
Sólo el tiempo lo dirá.
miércoles, 29 de abril de 2009
Epifanías
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